14 jul. 2016

Lucía Lozano. No ve, pero trabaja sin ningún problema en un hospital

El computador es el mayor aliado de Lucía Lozada, pues le sirve para recolectar la información y traducirla a voz.
Ejerce como trabajadora social y es candidata a magíster en Discapacidad e Inclusión Social. 

Lucía Lozada ‘ve’ con los oídos, las manos, la lengua y la nariz. Sus ojos dejaron de ver a los 10 años y desde entonces emprendió un camino de retos que la ha llevado a potenciar sus sentidos hasta convertirse en profesional y trabajar en un hospital.
Cumplió 25 años y se precia de ser trabajadora social (graduada de la Universidad Minuto de Dios) y candidata a magíster en Discapacidad e Inclusión Social de la Universidad Nacional.
Aunque asegura que las dificultades de su día a día empiezan una vez sale de casa (en el barrio Candelaria La Nueva, localidad de Ciudad Bolívar), no ve factible una rendición ante una sociedad que aún “asigna calificativos que no tienes, porque no confían en tus habilidades, desdibujan tus capacidades y toman como carta de presentación el que no puedas ver o escuchar. Es una sociedad que categoriza y a veces te ubica en un modelo improductivo”.
Esta trabajadora social llega cada mañana al hospital Pablo VI de Bosa, en Bogotá-Colombia, tras un recorrido de media hora desde su barrio. Allí enciende su computador portátil, que es una de las principales herramientas en su cotidianidad y se dispone a desempeñar su cargo, cuyas principales labores consisten en posicionar la agenda en salud pública de la entidad, ayudar en la difusión de información en el modelo de atención, así como ir a los diferentes grupos de comunidad informando sobre controles de salud y seguridad social, derechos de salud y hábitos de vida saludable.
Al recordar las dificultades que vivió en su pregrado, no escatima en suspiros. “No tenían herramientas educativas incluyentes y el proceso de aprendizaje fue bastante complicado, no había más estudiantes con discapacidad. En principio fue complejo, pues tampoco tenían apoyo tecnológico en computadores”, recuenta Lucía, que debe su nombre a la santa del siglo III que aferrada a Dios no dejó de ver, aún cuando le sacaron los ojos por confesarse cristiana.
Su madre, Clara Inés Silva, y su padre, José Lozada, así como sus amigos, fueron fundamentales para sacar adelante la carrera. De no haber sido por ellos, que le ayudaban a leer los documentos académicos, afirma que habría sido aún más difícil graduarse, como lo hizo en el 2013. Además de estas personas, le agradece al Ministerio de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones MinTIC, que le facilitó un ‘lector de pantalla’ o programa de computador que le permite escanear todo tipo de documentos para convertirlos en voz. Aún hoy, en el hospital, se vale de este instrumento para desarrollar su oficio.
“Mucho de lo que he hecho ha sido posible gracias al apoyo del Ministerio, a las licencias que nos suministran a quienes las necesitamos, porque de otra forma serían costosísimas para uno.
El origen de su invidencia está en el mismo día de su nacimiento, pues tuvo que ser dispuesta en incubadora porque le faltaba desarrollo al nacer. Desde entonces padeció una ceguera parcial, que se agravó al cumplir 10 años, momento en el que dejó de ver con los ojos y pasó a ver con los demás sentidos y con el corazón.
Al repasar el camino que la llevó a desempeñar un trabajo de tanto impacto social, cuenta que todo ha sido por proceso. En el 2009 fue voluntaria para formarse en inclusión social dentro del mismo hospital, lo que le valió el reconocimiento necesario para ser contratada por primera vez en el 2012. En ese entonces laboraba de 7 a. m. a 4 p. m., luego se iba a estudiar a la Uniminuto y en la noche regresaba a descansar a su casa. Acepta que fue un tiempo duro que se extendió por unos meses (lo que duró el contrato) pero que valió la pena.
Luego, cuando se graduó en el 2013, se dirigió de nuevo al hospital, donde tuvo la coincidencia de que andaban en la búsqueda de trabajadores sociales. Se postuló y gracias a que ya le conocían sus facultades, la volvieron a contratar. Y allí mantiene su cargo hasta hoy, el cual ha alternado con sus clases de maestría.
“En la Universidad Nacional ha sido todo más accesible, porque es incluyente y cuentan con su propia sala y programas para población especial”. Y al preguntarle cómo se visualiza en unos años, no duda en responder que le “gustaría liderar algún proceso en un ministerio, que tenga que ver con la población discapacitada, porque está invisibilizada y necesita un proceso político y de construcción. Me veo como una herramienta que ayude en la inclusión”.

Fuente: eltiempo.com